CRONICA NECROLOGICA
Crónica |
Se apagó la voz del “Pepe”: adiós al hombre que vivía como hablaba
Por Mariela Vera Larco
13 de mayo de 2025
Eran las seis de la mañana cuando las radios uruguayas interrumpieron su programación habitual. Esa voz entrecortada del locutor, como si le costara decirlo, anunciaba algo que muchos temíamos, pero que nadie quería oír: José Mujica, el “Pepe”, había muerto. 89 años. Una vida tan intensa como austera. Se fue en su chacra, rodeado de lo esencial —su esposa, su perra Manuela, los árboles, el mate caliente—. Y se fue como vivió: sin ruido, sin protocolo, con la calma de quien ya lo ha dicho todo.
La noticia se esparció rápido, como un suspiro colectivo. En Montevideo, pero también en Quito, en Bogotá, en Santiago, en miles de rincones donde su figura era más que política: era símbolo. Mujica no era solo el expresidente de Uruguay. Era el viejo sabio que hablaba con frases sencillas pero que te dejaban pensando horas. Era ese abuelo rebelde, un poco terco, con las manos curtidas y los ojos llenos de historia.
Y es que no era un líder cualquiera. En tiempos en los que muchos se aferran al poder, él lo soltaba. En un mundo donde los políticos viven entre lujos, Mujica elegía su vieja casa de campo y un escarabajo celeste modelo ‘87. Lo suyo no era una pose, era coherencia. No necesitaba discursos floridos para convencer. Bastaba con verlo caminar, con esa ropa gastada y el paso lento, pero firme.
Su historia fue de película literalmente, pero más dura que la ficción. Pasó más de una década preso, gran parte de ese tiempo en soledad, confinado en un aljibe seco. “Ahí aprendí a hablar con las ranas”, decía con una sonrisa que desarmaba. Pero no era humor: era resiliencia. Salió de la cárcel con la piel arrugada por el encierro, pero el corazón sin rencor. No pidió venganza, pidió justicia. Y ofreció esperanza.
La verdad es que pocos como él. Cuando asumió la presidencia en 2010, con 75 años, muchos dudaron. Demasiado viejo, decían. Demasiado terco. Pero pronto calló bocas. Legalizó el aborto, el matrimonio igualitario y el cannabis. No por moda, sino porque creía que el Estado debía proteger, no castigar. Se convirtió en una rareza mundial: un presidente que vivía con 1.200 dólares al mes y donaba el resto.
Recuerdo una entrevista en la que le preguntaron por qué no cambiaba su estilo de vida siendo presidente. Él, con su clásica ironía suave, respondió:
—“No soy pobre. Pobres son los que necesitan mucho para vivir”.
¿Quién podía debatirle eso?
Ahora que ya no está, el silencio pesa más. No porque haya dejado un vacío político, sino humano. Mujica era de esos que, aunque no compartas su ideología, respetas. Porque no imponía, inspiraba. Porque no gritaba, conversaba.
Hoy, América Latina lo despide con un nudo en la garganta. Algunos pondrán su nombre en calles, en plazas, en libros de historia. Pero muchos, muchísimos más, lo guardarán en el corazón, como se guarda un consejo de un padre sabio. Ese que vivió sin lujos, pero con una riqueza que no cabe en cifras.
José Mujica (1935 - 2025)Campesino, guerrillero, prisionero, presidente. Humano.
“Triunfar en la vida no es ganar, es levantarse y volver a empezar cada vez que uno cae.”


Comentarios
Publicar un comentario